Por la mañana despertó descansado pero con una ligera inquietud. Las últimas horas de sueño las había pasado en su habitual duermevela en las que recordaba haber oído una voz que no conseguía asociar con el rostro de la persona que hablaba. Recordaba estar desperezándose mientras en su cabeza seguía sonando esa voz que no conseguía acertar a qué persona correspondía. Enseguida recordó lo sucedido el día anterior en el que alguien sabía de su persona sin tener idea de quien se podía tratar.

Lo peor fue el sentido de culpabilidad que le invadió de regreso al trabajo por no tener los exámenes acabados de corregir. Siempre recordaba dejar tareas para el próximo día prometiéndose que ese día acababa el hacerlas. Siempre había sido así de no terminar sus tareas; hasta su anciana abuela aún se lo seguía a menudo recordando:

- “Carlitos, ¡que siempre tienes demasiados calderos en el fuego!”.

El remordimiento de las cosas sin hacer, como siempre, se le pasó rápidamente. A muchos sorprendía la cantidad de cosas distintas que realizaba durante la semana.

Entró en su instituto con un principio de sonrisa que rápidamente interrumpió para que ningún alumno le viera sonreír. Al principio le costó no mostrarse tal como era, pero con el tiempo aprendió que el trabajo de profesor requería de una alta capacidad de autodisciplina para diferenciar el profesor de la persona. Él había cruzado el umbral del instituto y allí él era el profesor, ese que no admitía contacto y a cuyo paso por el pasillo todas las conversaciones se silenciaban.

Hoy se topó por el pasillo con el Sr Barrado, uno de los bedeles del diurno. Este ser era el único que le sorprendía con una sonrisa cuando nadie le sonreía. Carlos estaba seguro que sonreía con esa afabilidad a todas las personas de su instituto porque al igual que él esa era la máscara que había adoptado. Un tipo sorprendente este Sr. Barrado. Le faltaba el dedo índice de la mano izquierda pero movía toda la mano con unos movimiento que después de meses aún le sorprendía. Era incluso capaz de cerrar este puño y sacar de él unos silbidos que irremediablemente te llevaba a sonidos de pájaros exóticos; cuando pensabas que ya habías terminado de oír todos los silbidos capaces de generar tan rara mano, volvía a escucharse por las ventanas de las clases otro sonido nuevo hasta entonces.

Con estas ensoñaciones subió hasta la primera planta que era donde se encontraba la sala de profesores. Hoy era miércoles y no tenía que dar clase a primera hora de la mañana pero había venido hora y media antes como penitencia para tener tiempo de terminar de corregir los exámenes del día anterior. En la sala, aún tan temprano, únicamente se encontraba Herodoto, la profesora de latín. Era de los pocos interinos que conservaba el instituto. Profesora de latín tras la reestructuración de la EPEP (Enseñanza Para El Público), provenía de otro instituto donde era profesora de Lengua Española y con principal hobby el estudio de alguna Filología Nórdica. Herodoto permanecía sentada en el sofá reordenando sus exámenes por calificaciones. A Herodoto le gustaba repartir sus exámenes desde la nota inferior a la nota superior. Esa clasificación fomentaba en la clase que todo el alumnado estuviera pendiente de cuando comenzaba a decir notas superiores al cinco necesario para aprobar. Una vez que comenzaba a recitar las notas superiores al cinco comenzaba de nuevo un silencio en la clase que permanecía atenta a quien sacaba las mejores notas. El recordatorio de los exámenes le remitió a la realidad de ayer. ¿Quién podía saber su nombre y la fecha de su cumpleaños?.
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